HIJOS DEL JUEVES


HIJOS DEL JUEVES


 

-¡Linea! -gritó el posadero dirigiéndose a la contrahecha anciana -¡Vuelve al hueco!


Ni qué decir tiene que siguió avanzando hacia el centro de la sala, sus ojos ávidos conectando los puntos entre el señor Lundgren, el caballero de los anteojos con los zapatos manchados de estiércol, aquella monja cuyo rostro áspero y autoritario me recordaba al de mi abuela y yo.


Salté de mi asiento impulsada por la incredulidad y la evidente falta de juicio que ha marcado en tantas ocasiones el rumbo de mi vida. Es cierto que había ido allí guiada por aquel sueño que se me había antojado perturbadoramente real, pero lo cierto es que me había preparado para ser desilusionada, no para que mis fantasías fueran satisfechas. Padre a menudo dice que tenemos que tener cuidado con lo que deseamos, porque puede hacerse realidad. Qué razón tiene.


Sin ápice de vergüenza ni decoro, caminé hacia ella con el brazo extendido terminado en un tembloroso dedo índice que la señalaba exactamente como hubiera hecho si se hubiera tratado de un fantasma:


-¡Usted! -A pesar de que no lo recuerdo bien, estoy segura de que soné ridícula. Quise continuar, pero no encontraba las palabras -Usted. -Volví a repetir como si fuera el pie de una obra de teatro, esperando en vano que el resto saliera solo -Usted…


En esta última ocasión la palabra perdió toda su fuerza, vencida por mi ineptitud para comunicarme, supongo. La corpulenta señora se acercó de forma sutil hacia donde nos encontrábamos y retirando unos precisos centímetros el bajo del hábito para mostrar la punta de uno de sus zapatos, pidió que le ayudara con ellos al hombre de las gafas. Este pareció turbado, pero como decía, aquella mujer despedía una energía que impedía la negativa por respuesta, así que terminó arrodillándose, momento que pareció aprovechar para susurrarle algo. Sin embargo, me resultó imposible escucharlo, ya que la anciana comenzó a hablar, capturando toda mi atención al instante:


-Ustedes y yo… somos iguales. -su voz sonaba a madera carcomida por la humedad y el tiempo sometida a demasiada presión -Hemos sido tocados por la misma bendita maldición. -el hombre tras la barra volvió a llamarle la atención de malos modos y ella le dirigió una mirada furibunda antes de continuar -Pero será mejor que hablemos en otra parte, este no es el mejor sitio.


Se dio la vuelta, encarando una vez más la portezuela que daba al hueco bajo las escaleras, pero ni tan siquiera había llegado a ver cómo era tragada por la oscuridad de su interior cuando sentí un frío súbito y asfixiante, húmedo y viscoso, reptando por la espalda hasta llegar a mi nuca. Una garra invisible se aferró con fuerza a mi corazón, atrapando los latidos acelerados por el pánico, conteniéndolos en contra de su enloquecida voluntad en la caja de sus fantasmagóricos dedos. No era la primera vez que me pasaba, sabía lo que significaba: la Muerte estaba cerca.


Cerré los ojos presa del pánico, pero los abrí de par en par cuando escuché el golpe seco de una silla cercana contra el suelo. El señor Lundgren debía haberla tirado mientras daba vueltas sobre sus talones una y otra vez, girando el cuello violentamente a un lado y a otro, como si buscara el origen de algún sonido que le atormentase. Gordo lloriqueaba junto a mis piernas visiblemente asustado, y la extraña pareja formada por el joven y la monja también parecían atravesar una miríada de emociones difíciles de digerir a juzgar por la expresión en sus rostros. No me fijé en las reacciones del resto de parroquianos, pero tengo la impresión de que nos observaban anonadados. Imposible culparlos:


-¡Bueno, ya está bien! Veamos qué es lo que tiene que decir. - la frase cayó como un cubo de agua fría sobre una quemadura reciente, un choque brusco que precede al alivio. La mano invisible que exprimía mi corazón desapareció junto a la sensación de frío, así como el resto parecieron recuperar también la compostura ante la voz imperiosa de la robusta monja. Habían sido unos segundos horribles en los que el sonido de lo cotidiano había parecido apagarse y la luz del tímido fuego perderse bajo un velo de luto, pero ya había pasado. Al menos por el momento.


-¿Y usted quién es? -acerté a preguntar al pasar a su lado junto a la puerta. El valor que había recuperado me abandonó una vez más al contemplar desde abajo su gesto firme y severo, y por tonto que fuera me arrepentí de haber abierto la boca.


-Me llamo Olga Olafson. -cada palabra sonó como la cuerda de una guitarra al romperse. Solté el aire que había estado conteniendo y me presenté con un hilo de voz. Ahora sé que me escuchó, pero en aquel momento, a pesar de la duda, ni tan siquiera me planteé repetir mi nombre.


Pasó por delante de mí el penetrante olor a estiércol antes incluso que el hombre al que iba pegado. Lo miré de arriba a abajo con desaprobación. No me gustaba. Quizás fuera esa mirada de suficiencia tras los anteojos o la actitud repugnantemente melosa que me había parecido haber adoptado con la dama de la voluminosa carpeta. No sabría decir, pero cuando alguien no es de mi agrado resulta casi imposible hacerme cambiar de opinión, por absurdo que le pudiera parecer a aquellos que no creen en mi agudo instinto. Que no es mi caso.


Por fortuna justo después sentí la agradable presencia del señor Lundgren a mis espaldas, seguido de Gordo, que se esforzaba en cubrir mi mano de babas tibias, como una declaración de muda lealtad. Pasé los dedos por detrás de sus orejotas y cruzamos el umbral de la puerta. Sentí una fría e incómoda descarga eléctrica recorriéndome la columna vertebral al comprobar que el interior de aquella habitación era exactamente igual que en el sueño y cerré la puerta a mis espaldas con el temor reverencial de quien sospecha que ya no podrá volver a salir.


Aquella mujer, Linea, nos evaluó con ojos lechosos pero vivos, casi agresivos. Por un instante parecíamos un grupo de soldados novatos frente a un instructor inclemente:


-Me alegro de que hayáis acudido a mi llamada. Aunque más tenéis que alegraros vosotros, seguramente hubiera sido vuestra perdición de otro modo.


-¿Pero usted quién es? -inquirió el hombre de las gafas con lo que a mí se me antojó un irritante tonillo que destilaba prepotencia. Siendo justos yo había hecho una pregunta parecida hacía tan solo un momento, pero la calidez de mi voz aportó unos matices totalmente distintos. Seguro.


-¿Y usted? -escupí la pregunta sin pensar, con enfado, y por un instante me sentí la defensora de todas las ancianas lunáticas del mundo, aunque no duró mucho.


-Me llamo Frederik Söderb… -comenzó a decir, visiblemente turbado por mi interrupción. En mi fuero interno había terminado la frase llamándole cretino y de alguna manera él parecía haberlo oído.


-Soy Linea, una hija del jueves, como vosotros. Como tantos otros que ya no están. -elevó ligeramente la voz dejándonos bien claro que lo que tuviéramos que decir carecía de importancia en comparación -Nos une algo especial, la Visión. No importa cómo la obtuvierais, el caso es que la tenéis… y que ellos lo saben.


Hijos del jueves. Al principio no supe a qué se refería pero después vino a mi mente una cancioncilla que solía cantar mi madre cuando me arropaba por las noches:


El hijo del lunes es fino de cara 

El hijo del martes destaca por su gracia 

El hijo del miércoles aflicción tendrá 

El hijo del jueves muy lejos llegará 

El hijo del viernes es amoroso y generoso 

El hijo del sábado se empeña en ser laborioso 

Y el que nace el día de descanso es lindo, despreocupado, bueno y animado


Las dudas se enredaron en mi lengua al intentar salir todas juntas de forma atropellada, de tal forma que en cuanto me vi obligada a tragar saliva se convirtieron en una pelota asfixiante que se quedó alojada en mi garganta. Pero ese no es el tipo de cosas que le pasan a mujeres como la hermana Olafson:


-¿Quienes son ellos?


-Los Vaesen. Espíritus, criaturas más antiguas que la propia humanidad que conviven con nosotros. Nuestros cuentos populares los tienen como protagonistas o mejor dicho, villanos. Aunque no siempre es así. No siempre fue así. -la anciana se dejó caer sobre el viejo colchón, repentinamente fatigada -El equilibrio de las cosas está cambiando y ahora los Vaesen están furiosos. Como decía, sois afortunados de que os haya encontrado yo primero, porque otros antes que vosotros se vieron atraídos por el canto de cierto ser que habita en el castillo Gyllencreutz.


-No puede ser, ese castillo lleva décadas abandonado. -hacía tiempo que el señor Lundgren no había abierto la boca pero ahora que lo había hecho sus palabras parecían estar cargadas con algo más que simple incredulidad.


El castillo Gyllencreutz era conocido por todos los habitantes de Upsala. Para la mayoría de los niños era una fuente infinita de deliciosas historias de terror con las que no pegar ojo en toda la noche, pero para los adultos no era más que un órgano vestigial y marchito de un tiempo mejor. La silueta de su espigada torre se recortaba en el horizonte sobre una colina junto al río y su herrumbrosa valla protegía un jardín que difícilmente podía considerarse tal de adolescentes deseosos de probar su valía y de rateros con más optimismo que suerte. Lo único que lo había salvado de ser demolido seguramente fuera que se encontraba lo suficientemente lejos del núcleo urbano como para ser considerado una molestia o una oportunidad. La voz cascada de Linea volvió a sacarme de mis pensamientos:


-¡No podías estar más equivocado! -intentó reírse, pero su carcajada estuvo cargada de tristeza -En mi juventud viví allí en secreto junto a mis hermanos, pero los Vaesen son peligrosos y uno a uno fueron desapareciendo. -Linea se dejó tragar lentamente por la excesiva blandura del colchón mientras las arrugas en su rostro se iban marcando de una forma todavía más acentuada -Yo tenía un prometido, un hombre cuya familia se había dedicado durante generaciones a fabricar cerveza y como el castillo me pertenecía, intentó convencerme para que lo convirtiera en una cervecería. Lo cierto es que había visto morir a tantos de los nuestros que ya no podía soportarlo más, así que lo consideré. Veréis, Gyllencreutz es capaz de encontrar y llamar a otros, tal y como lo hago yo. Está vivo o eso creo. Y aunque podría parecer una forma perfecta de reclutar a más hermanos para enfrentarse a los Vaesen, la verdad es que a mis ojos se había convertido en una telaraña que atrapaba a personas buenas y valientes para terminar consumiéndolas. Sin embargo, de alguna forma me aferré a la idea de que no podíamos rendirnos… y entonces fue cuando me lo robó. -Al llegar a este punto, la humedad incipiente de sus ojos fue evaporada por el fuego de la rabia que parecía crecer por momentos en sus pupilas -Me vi en la calle, pero no estaba dispuesta a aceptar la derrota. Me preparé para recuperar mi hogar y entonces… -un soplo de aire helado apagó la llama, dejando su mirada vacía -Lo encontré muerto. Cabeza abajo metido en una cuba. No recuerdo muy bien nada más de lo que pasó, tan solo una fuerte luz verde y una risa cruel flotando en el aire. No he vuelto a ir allí. He deseado hacerlo muchas veces, pero simplemente no he sido capaz, pero sé que otros atraídos por Gyllencreutz han ido más allá de sus puertas y no han regresado. Es por eso que os pido ayuda. 


-¿Y por qué a nosotros? ¿Qué tenemos de especial? ¿Quién dice que no vayamos a terminar igual que el resto? -inquirió Frederik, evidentemente molesto. Esta vez no dije nada, las preguntas me parecieron tan interesantes como necesarias.


-¡Nadie! Es posible que muráis igualmente, si es que acaso es la muerte lo que les aguardó a esas pobres almas tras las puertas del castillo. Pero sí que sois distintos a ellos, para empezar habéis acudido a mí y no a Gyllencreutz, lo cual os da de entrada la ventaja de conocer algo de su historia y además… -Linea se liberó con sorprendente agilidad de la desdentada boca de la cama y comenzó a buscar entre lo que parecían montones de basura hasta que encontró una caja de madera de aspecto muy antiguo tallada con la imagen de un ouroboros en la tapa -Tenéis esto.


A pesar de su aspecto descuidado, las bisagras no hicieron ruido alguno mientras giraban al levantar la tapa. Los cuatro nos aproximamos consumidos por la curiosidad de tal forma que a punto estuvimos de chocar entre nosotros y recuerdo la respiración pesada del señor Lundgren cayendo como una cascada intermitente sobre mi coronilla a la par que admiraba perpleja el interior del cofrecillo: un mapa, una llave y un libro con la misma imagen de la sierpe devorando su propia cola en la portada. Mi mano, liberada momentáneamente del peso de la cortesía, voló rauda y directa hacia el tomo, reclamándolo sin oposición por parte del resto. Ni qué decir tiene que no tardé ni un solo segundo en meter la nariz en él, ansiosa por descubrir sus secretos, fueran cuales fueren.


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