LA LLAMADA




¿Alguna vez has tenido un sueño tan real que te hiciera pensar que estabas despierto? No me refiero a la lógica de su narrativa, ni a la cantidad ni calidad de los detalles. Hablo de ese conjunto de sensaciones que paradójicamente son difíciles de comprender a un nivel racional y que resumimos en la idea de “estar vivo”. Esas que no se sienten igual cuando uno sueña. Aunque igual no tiene mucho sentido lo que estoy diciendo.


El caso es que yo sí los he tenido, más de una vez. De hecho, siempre han marcado un momento de crucial importancia en mi vida. Como una premonición. O quizás fueran la causa, y el cambio el efecto. Imposible saberlo, supongo. La última vez soñé que estaba en un lugar pequeño, de arquitectura irregular, cubierto en toda su extensión por tablones de madera maltratada por la humedad y el tiempo. 


Recuerdo que una de las cosas que más me llamó la atención fue el olor. No es algo que uno suela percibir en este tipo de circunstancias y sin embargo ahí estaba, el pegajoso aroma de la col hervida y la cebolla, tan real como un puñetazo en la nariz. Pero eso quedó olvidado en cuanto escuché el chirrido lastimero del metal del marco de una cama dispuesta con escaso mimo en un rincón, cubierta, además de por las sombras, por una andrajosa manta que en algún momento debió ser roja. Tras unos instantes de violenta lucha censurada por la tela, emergió de su interior una mano pálida, arrugada y huesuda, nudosa y frágil como las ramitas de un árbol muerto, y tras ellos el rostro deformado por el paso de las décadas de una anciana de pelo ralo y ojos negros como el abismo. No parpadeó ni un instante mientras se ponía en pie, mirándome con una intensidad aterradora, aunque por algún motivo y a pesar de no haber nadie más en la estancia, supe que no solo se dirigía a mí:


-Temed a las luces verdes. Ellos os esperan en la colina, junto al río. -aquella mujer pequeña y de cuerpo retorcido se acercó hasta mí con lo que me pareció deliberada lentitud, pero yo no era capaz de moverme, casi ni de respirar, como si su sola presencia me hubiera clavado al espacio que ocupaba mi cuerpo y ni un solo centímetro de aire más -Venid a la posada de Burgués y Panadero mañana al atardecer si queréis vivir.


El pútrido aliento que se escapaba de entre los generosos huecos de su dentadura llegó hasta mí como un veneno que inundó no solo mis fosas nasales, sino también mi garganta y mi boca. Cuando me desperté, lo hice masticando ese hedor mientras temblaba violentamente con la piel perlada de frío sudor.


Soy muy consciente de que lo más sensato hubiera sido olvidarse del asunto. Sin duda la mayoría de personas hubieran rechazado la invitación y seguido con sus vidas con la esperanza de no volverse a cruzar con esa reliquia caduca de mujer en ninguno de los estados de su consciencia. Pero yo no. Y los demás por fortuna tampoco.


* * *


Upsala es una ciudad con raíces tan profundas como misteriosas, aunque ahora mismo se encuentran ocultas bajo una sucia capa de modernidad. No es que desprecie las nuevas tecnologías y oportunidades que nos traen los vientos del siglo XIX, es más, sé que probablemente sean lo que nos está salvando del hambre que nos venía acosando durante los últimos años, pero sería casi un insulto pasar por alto que es… eso, simplemente sucio.


Caminé por las calles del barrio obrero hasta la posada. Llueve mucho por aquí, lo suficiente como para que la tierra del suelo esté siempre limosa y los tacones de mis botas se hundan irritantemente a cada paso, pero no como para llevarse el hollín que flota en el aire y que se introduce en lo más profundo del pecho con cada respiración. Las monstruosas chimeneas de las fábricas de tejido a este lado del Firis no dejan de expulsar al cielo espigadas montañas de humo negro que se mezcla con la luz del sol, dejándolo todo teñido de un color poco natural. Pero no solo eso, también vomitan los desechos de la pesada digestión de las telas en el río, impregnando el ambiente con la fetidez ácida de productos químicos cuyos nombres desconozco, pero que mi cuerpo rechaza como si en otra vida hubieran sido acérrimos enemigos.


No supe que los violines podían sufrir hasta poco antes de llegar a la puerta del descuidado establecimiento. Sus gritos podían oírse desde fuera a varios metros a la redonda y parecían acompañar el errático balanceo del cartel de madera que anunciaba, escrito con letras de molde mal alineadas, que había llegado a mi destino: Burgués y Panadero.


El sol es un lujo poco frecuente en Upsala, apenas se deja ver, pero la escasa claridad del exterior me pareció mucho mayor en contraste con las tinieblas de aquel lugar. Sí, había ventanas, pero la mayoría de ellas eran muy pequeñas y estaban cubiertas por gruesas y deshilachadas cortinas para evitar que entrara el frío, así que la mayor fuente de luz provenía de varias velas repartidas por las mesas y la barra del local, tras la cual se hallaba un consumido tabernero con unas ojeras de lo más notables, sirviendo algún tipo de bebida.


Sujeté la puerta durante unos instantes para dejar pasar a Gordo. Probablemente sea el chucho más grande que haya visto en mi vida, también el más tierno, fiel y con mejor instinto, aunque definitivamente no por ello el más listo. Jamás conseguí enseñarle ni un solo truco, da igual con cuántos suculentos palos le intentara recompensar ni cuánto me revolcara yo misma en el suelo para mostrarle cómo se hacía. Simplemente se me quedaba mirando con esa cara que delata que no hay nadie a los mandos de esa inmensa cabezota. No me gusta pensarlo pero a veces no puedo evitarlo: el día que me falte será como si me arrancaran el corazón del pecho.


No pasaron más de unos segundos hasta que una pecosa camarera de sonrisa tan encantadora como ensayada me interpeló:


-¿Va a ocupar una de las mesas o se sentará en la barra?


Fue la primera vez que me fijé realmente en aquella sala. Una vez que mis ojos se acostumbraron a la penumbra, fue fácil distinguir la silueta de las mesas de tablero cuadrado y superficie mal barnizada, así como la de la barra deslustrada frente a la cual se alistaban seis taburetes de aspecto terriblemente incómodo. Al fondo, casi fundida con las sombras, una escalera empotrada sobre lo que debía ser algún tipo de almacén ascendía hasta el segundo piso y junto a ella el escenario, que no era más que una tarima de un par de palmos de altura encima la cual un hombre torturaba sin piedad a un pobre violín.


Aunque mucho más interesante que el espacio, eran las personas que lo ocupaban. En una de las mesas, una mujer con aire distinguido y elegantemente vestida me dedicó una mirada de interés que pasó al aburrimiento a una velocidad ofensiva; delante de ella descansaba una carpeta que abrazaba un considerable taco de hojas perfectamente recogidas y que hizo que mirara con cierta vergüenza hacia mi viejo zurrón repleto de papeles reutilizados una y mil veces. En otra parte, un hombre con barba de varios días, ojos ahogados en alcohol y una edad difícil de determinar, intentaba con todas sus fuerzas llenar un vaso vacío con el contenido de una botella que sujetaba con mano temblorosa sin derramar una gota. 


Pero sin duda, quien capturó irremediablemente mi atención por una razón que por aquel entonces desconocía, fue otro caballero apostado cerca del primero. Incluso sentado resultaba evidente que era muy alto, tenía una buena hechura y sobre sus amplios hombros descansaba un chaquetón largo que había decidido mantener cerrado por algún motivo. Sus ojos alternaban entre el licor que danzaba suavemente dentro de la copa cada vez que movía su mano y el resto del entorno, como si buscara algo. Como si esperara a alguien. 


Entonces caí en la cuenta de que quien seguía esperando, pero no a una persona sino una respuesta, era aquella camarera. Miré a Gordo y reparé en que todavía quedaba una mesa libre donde quizás ninguno de los dos molestara ni fuera molestado en demasía:


-Una mesa si es posible. Tomaré un vaso de glögg, por favor -Gordo olfateó el aire y comenzó a salivar como solo él sabe. El timón de su cerebro había dejado de girar a la deriva para ser tomado con fuerza y decisión por el hambre -y si os sobrara algún hueso del guiso… estoy segura de que Gordo os lo agradecería.


Me acomodé en el asiento con Gordo a mis pies mientras el posadero recibía el encargo con evidente desagrado hacia mi persona. Suele pasar, las personas con poco dinero no somos buenos clientes. Y no es que sea exactamente pobre, tengo un techo bajo el que vivo con mi padre a las afueras de Upsala en una zona que muchos consideran campo y la mayoría de los días tengo un plato de comida en la mesa. Aunque también es cierto que las goteras supuran sobre nuestras cabezas sin piedad y hace años que no me compro un vestido nuevo. Sin embargo, con tanta miseria en los callejones casi resulta indecente quejarse. Solo casi.


La puerta volvió a abrirse y no pude evitar dar un respingo al ver aparecer una corpulenta monja en el umbral. Se trataba de una mujer ya entrada en años de rostro pálido y cuadrado en el que se acomodaban dos ojos pequeños de mirada firme y unos labios finos tensados en un gesto severo. Se le daba un aire a mi abuela, mujer de armas tomar sin duda. Sentí un leve tirón en el pecho, una sensación parecida a la que experimenté cuando reparé por primera vez en el hombre alto del abrigo abotonado. Como si algo nos conectara.


La monja, vestida con un hábito de impecable blancura se abrió camino entre las mesas hasta llegar a la barra. No sé si le pasó inadvertida la expresión en el rostro de la elegante mujer que tenía la carpeta encima de la mesa, pero a mí no y lo cierto es que me inquietaron los ojos hambrientos con los que la observaba. En cualquier caso, se acomodó en uno de aquellos taburetes y pidió una cerveza y un plato de guiso de cordero.


Cordero. Yo también empecé a salivar. Rasqué a Gordo detrás de las orejas en un gesto de empatía, tras lo cual saqué del zurrón uno de aquellos papeles arrugados con restos de grafito mal borrado y mi lápiz, pensando que escribir se llevaría el hambre lejos. No había hecho más que apoyar la punta sobre el folio cuando la luz del día se abrió camino de nuevo en la estancia acompañada del quejumbroso chirriar de los goznes. En esta ocasión apareció un caballero bien vestido, de complexión atlética y no mucho más mayor que yo. La silueta de sus ojos se deformaba tras unas gafas de fina montura metálica y sus zapatos parecían estar manchados de algo bastante más desagradable que el simple barro. Sus manos apretaban contra su cadera una bandolera de cuero de buena calidad como si dentro hubiera algo realmente valioso, y no dejó de hacerlo mientras echaba un vistazo a su alrededor, visiblemente contrariado tras comprobar que no había mesas libres. Otra vez esa extraña sensación apareció tan fugazmente como se fue.


El hombre del abrigo, no sé si por azar o por gentileza, se levantó dejando la mesa libre para hacer compañía al desgraciado beodo que bregaba con el peso de su propia cabeza justo al lado. Observé que intercambiaban algunas palabras en voz baja pero la silueta de la camarera se interpuso repentinamente para dejar un plato de huesos de caña ante mis narices y una copa de vino especiado caliente:


-¿Va a querer algo para comer?


-No, no, muchas gracias, con esto es más que suficiente. -busqué con cierto nerviosismo algunas monedas en el fondo de la bandolera. Siempre que tengo que pagar algo me ocurre lo mismo, creo que es porque casi puedo escuchar a la persona que tengo enfrente preguntarse para sus adentros si seré capaz de cumplir o no. Finalmente las palpé con las yemas de mis dedos y las dejé caer encima de la mesa. El brillo apagado del metal desapareció rápidamente cuando la mano de la camarera se cernió sobre ellas.


Comencé a rascar con la uña algo de la carne que había quedado pegada al hueso antes de tendérselo a Gordo para llevármela a la boca. Mientras seguí atenta al escaso movimiento de la estancia, con la esperanza de que algo, no sabía muy bien qué, ocurriera en algún momento. La monja comía en la barra de impecablemente, sin hacer un solo ruido ni derramar una sola gota y el hombre de las gafas se había sentado junto a la enigmática dama. Ambos parecían enfrascados en una interesante conversación que tenía que ver con el contenido de la misteriosa carpeta, pues ella la había abierto y le mostraba su interior con cierto entusiasmo en el rostro que no se trasladaba a los gestos de las manos, suaves y comedidos. 


En cambio, cuando giré la cabeza vi que el hombre que no se había molestado en quitarse el abrigo me estaba mirando. La camarera le había dejado un humeante plato de guiso en la mesa, pero no le prestó demasiada atención. En contra de todo lo que mi padre ha intentado inculcarme, no recelo especialmente de los desconocidos, mi curiosidad me suele impulsar peligrosamente a la aventura, pero como a la mayoría de las mujeres me inquieta la mirada de un hombre extraño, a veces incluso la de uno conocido. Sin embargo, había algo cálido y protector en él que hizo que me encogiera un poco menos en el sitio cuando se aproximó a mí con el plato en una mano y un pedazo de pan en la otra:


-¿Puedo sentarme con usted? -su voz era profunda y de alguna forma había un cierto grado de refinamiento a la hora de pronunciar las palabras que por un segundo hizo que me sintiera como si fuera alguien importante. Solo pude asentir mientras el aroma a carne y a verduras mezclado con el del sebo de las velas y las especias del vino me embriagaba -Bonito perro ¿Cómo se llama?


-Gordo. -el pobre ni tan siquiera se esforzó en dar señales de que había oído su nombre, afanado como estaba en pelearse con uno de los huesos.


-Había pensado que quizás querría comer algo. -hubiera muerto de vergüenza si de verdad no hubiera tenido tanta hambre. Sí, aquel día padre y yo habíamos comido, pero desde que había empezado con esa tos tan fea no había vuelto a cazar y aunque seguía acudiendo a la fábrica, el dinero solo daba para llenar los cuencos a medias.


-Solo si me acompaña. -a veces cuesta encontrar la dignidad con el estómago vacío, pero se intenta. Me ofreció la cuchara y él partió el pan con las manos antes de comenzar a mojarlo en el caldo. Me llamó la atención cómo lo sujetaba con los dedos sin rozar la comida ni el borde del plato, sin duda era un hombre con modales poco comunes entre la mayoría de los obreros.


-Me llamo Billy Lundgren.


-Saga Ström, encantada. -contesté después tragar la primera cucharada. El hueso con el que jugaba Gordo emitió un sonoro chasquido al romperse bajo la presión de sus impresionantes fauces, tras lo cual lanzó un corto y grave ladrido cargado de orgullo. Le chisté para que guardara silencio.


-¿Sabe? Me recuerda a mi hijo… -comenzó a decir con la mirada perdida en algún punto de la mesa, pero nunca supe a qué se refería exactamente porque la conversación fue bruscamente interrumpida, no por un sonido, sino por un olor.


Col hervida y cebolla. No estoy segura, pero creo que el señor Lundgren también levantó la cabeza como un resorte. Busqué de una forma bastante absurda con los ojos en vez de con la nariz la fuente del hedor, hasta que reparé en que se había abierto una portezuela camuflada en ese hueco bajo las escaleras. Y entonces volví a ver esos dedos pálidos, frágiles y alargados emerger lentamente de entre las sombras.



Comentarios

  1. ¡Guau! osea ¡Guau! Transcribir de un medio a otro y que mantenga la esencia es algo complicado y a tí te sale natural, como si fuese lo más sencillo del mundo.

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    1. Tengo muchísimas ganas de continuar con esta campaña. Lo que lo hace realmente mágico es que esta historia la hacemos entre todos.

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